UNA PROVINCIA CON ENCANTO DICIEMBRE 2003
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No hay duda de que tenemos una Comunidad Autónoma de lo más variopinta. Contamos con rincones para soñar y otros para generar pesadillas. Lugares para respirar a pulmón abierto y otros para ponernos la mascarilla. Una provincia tan heterogénea en la que conviven adelantos tan punteros como la Base de Seguimientos Espaciales INTA-NASA (ahí está la de Robledo de Chavela) junto con cuevas prehistóricas (como la del Reguerillo). Donde podemos encontrar el bosque de hayas más meridional de Europa, a tan sólo cien kilómetros de Madrid (por supuesto, el hayedo de Montejo de la Sierra, una maravilla ecológica) con los monstruos y ruidosos núcleos de población en que se han convertido Móstoles o Fuenlabrada.
Debemos admitir que muchos conocen la provincia de manera superficial y a la hora de señalar algunos enclaves que posean cierta belleza e historia mencionarían, casi con toda seguridad, los de mayor fama turística. Me refiero a El Escorial, El Valle de los Caídos, Aranjuez, Chinchón y Alcalá de Henares.
¿Y el misterio?
Además de los citados, hay otros pueblos, enclaves, rutas, ámbitos y rincones mucho menos conocidos, que están cargados de aromas de leyendas, de apariciones sobrenaturales, de cuevas misteriosas, de castillos legendarios, de templarios irredentos, de imágenes y reliquias mágicas, de monasterios sobrecogedores, de supersticiones paganas y de parajes con un profundo -y casi desconocido- encanto.
Se lo prometo. No hace falta ir más allá de las fronteras de la Comunidad Autónoma de Madrid, con una superficie de 8.000 kilómetros cuadrados y 3.000 kilómetros de transitadas carreteras, para descubrir a cada paso evidentes recursos naturales, culturales y mágicos en el medio rural madrileño.
“El que tuvo, retuvo”, nos dice un famoso refrán. Por eso, en esta sección que ahora empieza hablaremos de diferentes lugares que tuvieron -y que aún conservan- su misterio. De rutas que nos adentran por monasterios cistercienses, como el de Valdeiglesias, en Pelayos de la Presa, construido en el siglo XII y abandonado en la época de la desamortización, con pavorosas leyendas que aún resuenan y retumban en nuestros oídos, como que en su interior se encuentran esqueletos de algunos de sus antiguos monjes o las que aseguran que entre sus ruinas mora un célebre fantasma que ha mantenido alejados durante siglos a los lugareños. De santos cuyos cuerpos permanecen incorruptos como el de Mariana de Jesús -llamada la Beata de Madrid- o el de San Diego de Alcalá, cuya momia se conserva y exhibe en Alcalá de Henares. De pistas a seguir como la de San Isidro Labrador, el patrón de Madrid, reverenciado por los templarios y que, paradójicamente, su culto estuvo prohibido durante muchos años en un intento de hacer olvidar sus prodigios y milagros. De monumentos tan insólitos como el de “Ojoslandia” de Ambite que es un desafío a la imaginación. Del primer monasterio cartujo del reino de Castilla, el de Santa María del Paular, en Rascafría, que data del siglo XIV, en cuyo claustro alberga un “Reloj de Luna” que, en realidad, es un complicado reloj de sol y una extraña tumba que, según Luis Buñuel, es la del piloto arrepentido que arrojó la primera bomba atómica.
Lugares con supersticiones ancestrales como la que encontramos en La Cabrera. Allí está el convento más antiguo de Madrid: el de San Antonio a dos kilómetros del pueblo, datando de la época mozárabe (siglo X), en donde hay una fuente de agua que tiene fama de propiciar el matrimonio.
Si hiciéramos un breve repaso, deberíamos reconocer que hay lugares marcados por sus yacimientos arqueológicos (Cenicientos y su “Piedra Escrita”), por sus curiosas reliquias (Ambite y su lignum crucis), por sus apariciones marianas (Navalcarnero y la ermita de Manuel Miranda), por sus avistamientos ufológicos (el pantano del Atazar), por sus fiestas curiosas (los “motilones” de Fresnedillas de la Oliva), por sus monasterios con misterios (el esoterismo de El Escorial es todo un ejemplo), por sus picotas de ajusticiamiento (como la de El Berrueco), por sus enigmas espeleológicos (las extrañas pinturas rupestres de Estremera), por sus milagros y hechos sobrenaturales (la aparición en Cubas de la Sagra) o por leyendas y tradiciones de las que está plagada toda nuestra comunidad. A saber: los habitantes con seis dedos de Cervera de Buitrago, la fuente de los muertos de Bustarviejo, las viviendas troglodíticas de Fuentidueña del Tajo, el monumento japonés a la paz en Garganta de los Montes, la Virgen de las Cigüeñas de Fuente del Saz, la imagen de la Virgen de Navahonda que evita que haya accidentes de tráfico mortales en su zona y un largo etcétera.
Y sin olvidarnos de la visible presencia de los caballeros de la Orden del Temple en Santorcaz. A unos 16 kilómetros de Alcalá de Henares se encuentra esta localidad y su antiguo castillo (que data del siglo XI) que para el historiador Juan García Atienza fue la única posesión que se atribuye a los caballeros templarios en la provincia de Madrid. En él estuvo prisionero nuestro insigne cardenal Cisneros durante seis años por haberse enfrentado al cardenal Carrillo. Un personaje que merece un artículo dando cuenta de sus andanzas más heterodoxas. Muchos historiadores aseguran que Santorcaz (fundado por san Torcuato, y de ahí su nombre) es el pueblo más antiguo de Madrid y que por él han pasado toda clase de culturas, desde celtas hasta griegos, sin olvidarnos de los romanos, cartaginenses, visigodos y árabes.
Y es que al lado de un Madrid visible, señorial, burocrático, político y taurino, hay un Madrid invisible, mágico, trascendente, religioso y sobrenatural. Es un Madrid de sucesos extraños, muchos de ellos poco conocidos y todavía inexplicados que han sido caldo de cultivo de antiguas crónicas y de columnas periodísticas actuales.
Como muestra sirve este botón y creo que estos datos pueden abrirnos el apetito para algo que irán descubriendo poco a poco ustedes mismos con un único consejo. No se queden sólo con lo que vayan leyendo. Acudan a esos lugares, comprueben lo que les digo, sientan su poder, aspiren su magia, embriáguense con su misterio, recarguen sus pilas, fotografíen el monumento para la posteridad y regresen con la satisfacción de que en los alrededores de Madrid aún se respira aire puro y aún se puede contemplar cara a cara el rostro de lo insólito.
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