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Mundo Insólito

Jesús Callejo

JESÚS CALLEJO CABO (Valderas, León, 1959)

Licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid, es escritor, divulgador e investigador de temas fronterizos con la ciencia. Tiene en su haber 15 libros publicados sobre viajes, misterios, historia, seres de leyendas y tradiciones, entre los que cabe destacar: “GUIA DE LOS SERES MÁGICOS DE ESPAÑA”. Se trata de una trilogía compuesta por los libros: “DUENDES, HADAS Y GNOMOS” (Edaf); “UN MADRID INSOLITO” (Edit. Complutense); “FIESTAS SAGRADAS”
(Edaf); “BESTIARIO MÁGICO” (Edaf); “LOS DUEÑOS DE LOS SUEÑOS” (Martínez Roca) o ”ENIGMAS LITERARIOS. SECRETOS Y MISTERIOS EN LA HISTORIA DE LA LITERATURA” (Corona Borealis).

¿Conoces alguna leyenda insólita o tradición mágica en tu localidad? ¿Algún caso curioso o alguna anécdota misteriosa? Si es así, y quieres compartirla conmigo, envíala a esta dirección electrónica: jesuscallejo@telefonica.net

¿CONSTRUYO KEFREN LA ESFINGE?
JUNIO 2006


Jesús Callejo irá en agosto a Egipto, con Viajes Sagrados, como guía para contar cosas misteriosas sobre algunos de sus enclaves.
Para saber más sobre el viaje, el enlace es:
www.viajessagrados.com/Egipto/ViajeAgosto06.htm


¿Construýó Kefren la esfinge?

Pongámonos por unos breves momentos, por ejemplo el tiempo que dura la lectura de este artículo, en la piel de Sherlock Holmes. Imaginemos que estamos delante de la esfinge de la meseta de Gizeh y que conocemos algo de la historia antigua de Egipto. Nos han dicho que fue construida por el faraón Kefrén de la IV dinastía, pero no acabamos de creérnoslo del todo porque ante la contemplación de tan fastuosa imagen nos formulamos algunas preguntas: “¿El rostro del faraón Kefrén, cuya estatua de diorita se encuentra en el museo del Cairo es el mismo que el de la esfinge? Si la esfinge es de la misma época que la construcción de la pirámide de Kefrén ¿por qué no tienen los dos monumentos la misma erosión?

Si tenemos a mano algunos datos es fácil elaborar unas cuantas deducciones. En primer lugar, llama la atención de que no exista ningún texto antiguo que identifique el rostro de la Esfinge con el de Kefrén.

Frank Domingo, un oficial forense del Departamento de la Policía de Nueva York, especializado en arte y en reconstrucciones faciales, trabajó a comienzos de los años noventa con el investigador John Anthony West, para ayudarle a desvelar el enigma del rostro de la Esfinge. Analizó la estatua de diorita del faraón Kefrén que fue encontrada, precisamente, en el templo de la Esfinge y después de compararla con la de la Esfinge llegó a la conclusión de que estas dos obras de arte tomaban como modelos a individuos diferentes, es decir, que su semejanza no tenía ningún fundamento ya que eran dos personajes totalmente distintos y las pruebas aducidas eran, entre otras, que no solo los rostros eran distintos sino que probablemente eran de distinta raza: la barbilla de la Esfinge tiene un pronunciado prognatismo típico de muchos africanos de raza negra.

Esta afirmación del teniente Domingo ha quedado corroborada con las comprobaciones estilísticas que realizó el arqueólogo alemán Rainer Stadelmann llegando a la misma conclusión: Kefrén tiene el rostro alargado y delgado, en cambio la Esfinge posee una cara ancha; el tocado nemes de la cabeza del faraón solamente rayado en los flecos que le cuelgan sobre el pecho, difiere con el de la Esfinge rayado en todo su conjunto e incluso los lados de este tocado son diferentes en ambos casos (en Kefrén son planos y en la Esfinge están ahuecados).

Sobre la antigüedad de la esfinge

Una vez dilucidado el primer enigma, nos enfrentamos ante la segunda pregunta. Aquí las discrepancias en el seno de la egiptología son muchas y ancestrales. Si no es Kefren ¿a quién corresponde el rostro? Ya el arqueólogo Mark Lehner tenía sus dudas al señalar que “no hay manera de datarla porque está tallada en la roca viva”, aunque Lehner sostiene que la Esfinge fue esculpida como un todo y no es mucho más antigua que las pirámides y que su cabeza fue siempre la del faraón Kefrén. Un pequeño detalle que no se le escapa a un buen observador es que existe una desproporción entre el cuerpo leonino de la Esfinge y su cabeza. Es como si el busto hubiera tenido un mayor tamaño que, con el tiempo, fue rebajado o tallado hasta adoptar esta nueva forma debido al cincelado hecho sobre una estatua más antigua erosionada. En el congreso de la Sociedad Americana de Geología, celebrado en 1992, el catedrático en Geología de Bostón, Robert Schoch, dio a conocer sus investigaciones concluyendo que la erosión que sufría este “león del desierto”, lejos de haberse producido debido a la arena y al viento que asola esta planicie durante siglos, ha sido producto de la actividad del agua. Partiendo de esta base, el único momento de la historia de Egipto en que este hecho se pudo haber producido fue entre el año 7000 y el 5000 a. C.

Deducción que, de ser correcta, añade más incógnitas y más quebraderos de cabeza a los egiptólogos, pues ¿qué ocurrió desde esa lejana época hasta el año 2520 a. C. en el que empieza a reinar Kefrén? Son muchos años de diferencia y la prehistoria egipcia no rellena satisfactoriamente este lapsus de tiempo al no haber pruebas reconocibles en forma de cerámica o herramientas. Es el Zep Tepi o “tiempo primigenio”. Si no fue Kefrén quien hizo construir el gran monumento ¿a qué otro se le ocurrió la idea? ¿Tal vez a los seguidores de Horus quienes, según las antiguas crónicas, gobernaron Egipto durante más de 10.000 años tras los reinados de los dioses?


West fue el impulsor de esta teoría, que algunos han denominado de “la esfinge remota” su punto de partida estuvo en un comentario hecho por el escritor Schwaller de Lubitz en una de sus obras sobre que la Esfinge era mucho más antigua de lo que generalmente se creía, deducido por la enorme erosión a ambos lados de la misma y en el recinto que la albergaba. West publicó sus hallazgos en su libro Serpent in the sky y consiguió la colaboración de Robert Schoch que le confirmó que los patrones de erosión que se podían ver en la propia Esfinge y en el recinto se debían más al agua que al viento. West comentaba que la Esfinge pudo haber estado en sus orígenes, con una cabeza de león proporcional a su cuerpo y que mucho mas tarde, quizás durante la época de Kefrén esta cabeza pudo ser esculpida de nuevo a imagen de un faraón egipcio y que incluso aunque el busto sea el de un faraón por los distintos reales que porta (el pañuelo nemes y el ureus) su cuerpo de león sería mucho más antiguo, tal vez del 10.500 a. C. Como sugería el vidente Edgar Cayce.


Y en un reciente libro La profecía de Orión (2001) su autor Adrián Gilbert considera una tercera alternativa: que pudiera haber sido esculpida remodelada de nuevo después de la época de las pirámides de la IV Dinastía, posiblemente por el faraón del Imperio Medio Sesostris II.

Un plano cósmico

Y si queremos complicar aún más las cosas, ni siquiera Kefrén habría mandado construir su famosa pirámide pues también sería anterior a su reinado varios miles de años. En su obra El misterio de Orión (1994), Robert Bauval y Adran Gilbert señalaban que la disposición de las tres pirámides de la meseta de Gizeh reproduce con total exactitud la alineación de las tres estrellas del cinturón de Orión y la ubicación de éstas al oeste de la via láctea, el Nilo Celeste, también corresponde con la posición de dichas estrellas en el cielo en una fecha cercana al 10.000 a. C., algo que no parece casual.

En El guardián del Génesis (1996), Robert Bauval y Graham Hancock, utilizando la astronomía precesional, muestran que la Esfinge está ligada a la fecha del 10.000 a. C. y centran su atención en el hecho de que durante el Imperio Nuevo el nombre egipcio de la Esfinge era Hor-em-Akhet, que fue acortado en Horakhti (Heracte) u “Horus en el horizonte”, imagen venerada como un dios.

Si solamente dispusiéramos de esos datos, un Sherlock Holmes no tendría elementos suficientes de juicio para decir que la Esfinge es de una época tan anterior a la IV Dinastía, pero si se aportasen otras pruebas tal vez la cosa cambie. En el libro de Bauval y Hancock se ha hecho un estudio histórico, geológico y astronómico llegando a la conclusión de que la Gran Esfinge pudo haber sido construida por una civilización avanzada en una época “imposible” para los arqueólogos, en torno al 10.500 a. C. periodo ése en el que el valle del Nilo estaba habitado por tribus neolíticas más preocupadas en sobrevivir que en construir grandes monumentos cósmicos.

Para ellos, la hipótesis de la correlación estelar de Gizeh el 10.500 a.C. queda avalada por la alineación astronómica de la Esfinge. Sobre la estela que se colocó entre sus patas en el Imperio Nuevo hay una inscripción que afirma que el lugar sobre el que se asienta fue conocido como ”el lugar del tiempo primigenio”. La Esfinge mira en dirección Este, exactamente hacia donde sale el sol cada año en el momento de los equinoccios. Estos autores deducen que la estrella Zeta Oronis, en el cinturón de Orión, cruzó el meridiano en el 10.500 a.C. con una ascensión de cerca de 18 horas, lo que significa que en ese momento el punto venal (el lugar que ocupa el sol en el cielo en el equinoccio de primavera) habría estado sobre el horizonte justo en el Este, es decir, en perfecta alineación con la Esfinge y también en ese momento la constelación zodiacal de Leo estaría localizada hacia el Este.

Bauval y Hancock llegan a la conclusión de que cuando el cinturón de Orión se encontraba en su punto más bajo en el meridiano sur, la gran esfinge estaba apuntando hacia él y este hecho debió ocurrir en el 10.500 a.C., la “Era del León”, recordando que uno de los nombres de la esfinge fue “Horus en el horizonte”.

¿En que se basan para fijar esta fecha? Bauval y Hancock aseguran que el canal norte de la Cámara de la Reina de la Gran Pirámide apuntaba en esa época hacia Beta Osa Menor, estrella que los egipcios asociaban a la inmortalidad del alma, mientras que el canal sur apuntaba a Sirio, identificada con la diosa Isis. Desde la Cámara del Rey, el canal norte apuntaba hacia Alfa Dragón asociada a la fecundidad y el canal sur señalaba a Zeta Orión, la más brillante de las estrellas del cinturón de la Constelación de Orión a la que se identifica con Osiris, deduciendo que se trata de un mapa celeste.

A modo de conclusión y tomando todas las pruebas esgrimidas: la alineación astronómica meridional de la Gran Pirámide y sus cuatro canales de ventilación, la alineación equinoccial de la esfinge, los numerosos pasajes en los textos de las pirámides que identificaban a los faraones con Orión y con Leo, la declaración de la estela del sueño de la esfinge y tantas otras, Bauval y Hancock llegan a afirmar que la causa de este proyecto no puede ser casual y que “los antiguos” que diseñaron Gizeh intentaron fijar una fecha para conmemorar el “tiempo primigenio” o la “Edad de Osiris” y que esta fecha fue alrededor del 10.500 a.C.


Kefrén y la protectora del valle


Kefrén no sucedió directamente a Keops. Entre estos dos grandes faraones se sitúa el reinado de Djedefre (2528-2520 a. C.) quien, inexplicablemente, hizo construir su pirámide en Abu Roach, al noroeste de Gizeh y no en la llanura donde se alzaba la gran pirámide. Según Manetón, Kefrén, cuyo nombre egipcio significa “Ra-cuando-se-levanta”, reinó 66 años aunque los especialistas actuales le otorgan tan sólo 26 años. El reinado de este faraón no parece estar marcado por ningún acontecimiento histórico relevante. Según Heródoto (Historias II) habría sido un tirano como Keops: “Durante todo ese tiempo, no se abrieron los santuarios que se habían cerrado. El odio que los egipcios sienten por esos reyes hace que no quieran nombrarlos; incluso llaman a las pirámides con el nombre del sacerdote Filitis que en aquellos tiempo llevaba a pacer sus animales por allí”.

A Kefrén se le atribuye la construcción de la esfinge, aunque los textos antiguos silencian este dato y ninguna inscripción del Imperio Nuevo se refiere a ella, tan sólo la identifican con el dios Harmakis, cuyo nombre significa “Horus en el horizonte”. La Esfinge es un león (símbolo del rey) con cabeza humana ataviada con una peluca ritual, situada al sureste de la gran pirámide y encarada hacia Oriente. Su altura es de veinte metros y cincuenta siete de largo. La Esfinge fue considerada protectora de la necrópolis de Gizeh haciendo guardia para garantizar el descanso de los muertos y alejar los malos espíritus. Este monumento se vio continuamente amenazado por la arena. El rey Tutmosis IV tuvo que limpiarla y se cree que Ramsés II ordenó que la repararan con unos buenos especialistas en talar piedra. Lo que resulta extraño es que Heródoto no hable de la Esfinge ya que en la época que viajó a Egipto su culto gozaba de gran importancia y este fervor perduró hasta el final del paganismo (siglo IV a.C.) En el siglo II, los romanos restauraron los adoquines del patio situado delante del monumento también se debe a ellos el revestimiento de las patas del animal. La mutilación de la cara fue provocada por el emir árabe que bombardeó la esfinge con un cañón destrozándole la nariz.

Anthony West presenta en su libro Serpen in the Sky una tabla respecto a las épocas en que la Esfinge estuvo enterrada en la arena (un total de 3.300 años) diciendo que desde Kefrén a Tutmosis IV fueron unos 1000 años; desde Tutmosis IV hasta los Ptolomeos permaneció oculta unos 800 años; desde estas dinastías hasta el cristianismo estuvo visible y desde este último periodo hasta el siglo XVIII volvió a estar enterrada durante unos 1500 años.

La estela del sueño

Entre las patas de la Esfinge se encuentra un bloque de granito que nos cuenta un suceso acaecido a un faraón que por entonces era príncipe del Impero Nuevo. Me refiero al futuro Tutmosis IV que, tras regresar de una cacería, se queda dormido a la sombra de la Esfinge y el león se le aparece en sueños anunciándole que reinaría en un futuro próximo. Tutmosis en aquel momento no tenía muchas posibilidades de llegar a ser faraón, pues había otros candidatos mejor situados que él. Durante el sueño, el espíritu de la esfinge le pidió que la liberara de la arena del desierto que la cubría y la restaurara. Así lo hizo y llegó a ser coronado, cumpliéndose así las profecías de la Esfinge. Entonces, Tutmosis mando erigir esta estela, reutilizando para ello un dintel del antiguo templo de Kefrén, para rememorar aquel sueño y de ahí que se denomine a esta inscripción como “la estela del sueño”. Si ya esta historia es fascinante mucho más lo es lo que se puede apreciar en los relieves que aparecen grabados sobre la luneta en su parte superior. En ella se ha representado una escena en donde aparece el faraón Tutmosis IV realizando una serie de ofrendas ante dos esfinges distintas. Una reposa sobre una construcción arquitectónica, algo que no está en la actualidad, o que ha hecho sospechar a los especialistas de que bajo la Esfinge debe existir algún tipo de construcción o túnel que la comunique con la pirámide de Keops. También se ha especulado que pudo haber realmente dos esfinges y que la segunda, tras ser destruida por un rayo o por cualquier otra circunstancia, nunca fuera reemplazada.




 
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