Los inesperados inquilinos de las casas del IVIMA FEBRERO 2006
Rosa de las Nieves
Cuántas sensaciones en tan poco tiempo.
Cuánta tensión, frustración y desilusión mezclados con la gran esperanza de conseguir hacer realidad un sueño que dura ya siete años.
Noches sin pegar ojo por miedo al desalojo, las consecuencias del mismo y todo lo que podía conllevar esa ocupación ilegal. Todos ellos, sentimientos y sensaciones que sufrieron los ocupantes de las viviendas del IVIMA de Valdetorres.
Allí estaban, familias enteras, luchando por la fuerza por algo a los que muchos ciudadanos de este país tienen derecho.
Y su protesta no ha quedado en Valdetorres, sino que ha traspasado sus fronteras al tratarse de una reivindicación justa, necesaria y de primera necesidad.
No olvidemos que esas casas, como el resto de sus homólogas que hay en todo el territorio nacional, se hacen con el dinero de todos los contribuyentes.
Y están destinadas a personas que las necesitan; personas que no disponen de vivienda o que ésta no es digna o adecuada para vivir en ella.
La verdad es que no se puede aceptar que haya gente malviviendo o incluso viviendo en la calle entre cartones mientras la administración tiene cerradas a cal y canto 32 viviendas en un municipio; y muchísimas más en toda la geografía española.
Si nuestro dinero es utilizado para esto, los resultados tienen que ser inmediatos: que las familias que lo necesitan tengan un hogar. Porque, sin hogar ¿qué hay?
En fin, que los muros de esas casas, testigos de lo ocurrido, tardarán mucho tiempo en desprenderse de la gran energía que dejaron impregnada sus inesperados inquilinos.