Deuda con la inmigración subsahariana SEPTIEMBRE 2006
Rosa de las Nieves
Los inmigrantes subsaharinos siempre han merecido el mayor de mis respetos.
Cada día, la prensa nos bombardea con los cientos de inmigrantes que alcanzan nuestras costas en pateras. Sin embargo, poco se dice sobre el hecho de que esos cayucos y pateras representan una mínima parte de la entrada ilegal de indocumentados que existe en España.
Según la Conferencia Española de Policía, sólo por el paso de Junquera (Girona) entran una media diaria de 500 inmigrantes. Y esto es sólo una parte, pues en los Pirineos existen 30 pasos fronterizos con Francia.
Cuando se habla de la inmigración subsahariana, se me cae el alma, porque siempre ha sido la peor tratada.
Desde mi punto de vista, todos los países, que nos llamamos civilizados y desarrollados, tenemos una gran deuda con África.
Éste siempre fue el continente de donde sacar mano de obra gratuita, pues África fue la cantera de la esclavitud. Allí arribaban los blancos para hacer una selección de hombres y mujeres que serían trasladados a otras tierras en las que trabajar como esclavos.
Llegaban y arrancaban de los brazos sus familias a cualquier persona que se les antojaba, no teniendo incluso ningún reparo en matar a aquel familiar que se interponía ante aquella aberración.
Y se les transportaba en inmundos barcos durante meses, en los mismos que ahora se transporta al ganado.
También se ha sacado toda su riqueza natural para provecho y disfrute de europeos y norteamericanos.
Y las consecuencias de todo aquello, las estamos viviendo ahora. Mejor dicho: las siguen viviendo ellos, que son los que verdaderamente sufren.
El problema de esa inmigración es la inmensa pobreza en la que viven. Y la única forma de acabar con esa situación es ayudando a esos países a desarrollarse. Y no es nada descabellado, pues se trata de unos países que han sido exprimidos, en todos los sentidos, por el hombre blanco.
Explotados y oprimidos, se lanzan al mar en pateras con la esperanza de alcanzar el sueño europeo, que está a tan sólo 100 kilómetros.
Ellos sólo quieren trabajar aquí para poder enviar dinero a sus familias, cuyos hijos y esposas se mueren de hambre.
Algunos de ellos llegan en cayucos. Otros, ni siquiera.
Aquí se les repatría. A los que se quedan, no les dan papeles y, por lo tanto, no pueden trabajar. De esta forma, tienen que vivir en las calles, entre cartones, bajo un puente o donde pueden, haciendo lo mismo que haría cualquier animal que ha sido abandonado a su suerte: buscándose un rincón donde dormir y pidiendo comida allá donde se la puedan dar.
Y si antaño se les forzaba a salir de sus países para ser convertidos en esclavos, ahora se utiliza la fuerza para que no salgan de su continente; lugar donde se intenta poner unas gigantescas puertas que eviten la salida de esos humanos.
Ellos, allí, sobreviven con menos de un dólar al día. Y allí, en ese continente, mueren de hambre cinco millones de niños al año. Y aquí, mientras tanto, hay millones de personas haciendo régimen de adelgazamiento.
Una vergüenza.
Y si la deuda moral y económica de todo lo que hemos hecho con ellos la tuviésemos que saldar en euros, tendrían el dinero suficiente como para poder reconstruir sus países, sin tener, así, que morir en el intento de ir a otros mundos donde no ser bien recibidos.