Sí, se nos ha ido por mentira que nos siga pareciendo. Todavía, cinco días después, no me puedo quitar a Antonio Puentes de la cabeza. Yo no tenía muchísimo trato con él, a diferencia de con otros alcaldes, pero era tan correcto, tan comedido y tan buena gente que lo sucedido te afecta aún más. La imagen que tengo de él es la de un hombre que siempre andaba por su pueblo a paso muy lento. Iba como recreándose por cada uno de sus rincones. Un hombre que siempre te ponía una sonrisa para quitar hierro a cualquier problema que le expusieran. Un hombre que siempre daba una profunda explicación a cualquier pregunta que le hicieras. Un hombre dialogante, pero al que no le gustaban eso de las entrevistas. Mucho menos, las sesiones fotográficas pues cuando estabas casi empezando, a la quinta o sexta fotografía te decía: “Bueno. Ya”. No buscaba protagonismos, al contrario, huía de ellos. Él sólo estaba ahí, en su pueblo, en su Ayuntamiento, porque amaba Valdepiélagos. Y le gustaba trabajar para intentar sacarlo adelante de todas las carencias que creía podía mejorar. Yo siempre que le veía le comentaba lo imposible que me resultaba hablar con él por teléfono y poder concertar una entrevista. Y él siempre me decía lo mismo, con una gran sonrisa: “Ya sabes donde estoy, a partir de las seis de la tarde”. Y no le sacabas de ahí. El día de la investidura, el 16 de junio, fijamos una entrevista para el miércoles 20, como no, a las seis de la tarde. Cuando llegué al Ayuntamiento subía él por una calle junto a otro vecino a paso muy lento. Llegó y, siempre con su sonrisa, comenzamos a hablar del futuro crecimiento de Valdepiélagos. Y ambos, él y yo, expusimos nuestros puntos de vista. Pero eso fue una charla informal. Una vez acabada la conversación, le di al botón de grabar para comenzar a entrevistarle y me dijo: ¿Pero no era esta la entrevista? Me hacía mucha gracia porque me proyectaba la imagen de que para él los periodistas éramos un invento que, aunque a respetar, intentaba quitarse cuanto antes de encima. Y duró muy poquito. Luego saqué la cámara para poder renovar mi archivo fotográfico, pues no le había hecho fotos desde el 2005. Total que después de unos ocho disparos me dijo lo de siempre: “Bueno. Ya”. Al rato me fui y se despidió de mí diciéndome: “Bueno. Ya sabes donde encontrarme, a partir de las seis de la tarde”. La verdad es que sigo con una conjoga continua que no puedo superar. Y no puedo imaginar cómo estarán sus seres más queridos: su esposa Camelia y sus tres hijos. Una mujer fortísima que incluso me consoló a mí en el velatorio. Y vi que se cumplía aquello de: “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”. Hay que superarlo y hacerse a la realidad, por mucho que nos cueste. Aunque no es menos cierto que sigue y seguirá entre nosotros. Porque a los que han hecho el bien, a los grandes hombres, no se les puede ni debe olvidar. Y eso es lo que hizo Antonio: mucho bien allá a donde fue. Fue un gran hombre y un mejor alcalde y por eso sigue aquí, entre nosotros. Y por eso yo no le he dicho adiós, sino hasta siempre, Antonio Puentes.