La fiesta taurina nos cuesta a los españoles 564 millones de euros al año SEPTIEMBRE 2007
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Rosa de las Nieves
Todo el que me conoce sabe que soy amante de los toros y, por lo tanto, estoy en contra de la fiesta taurina.
No entiendo como en el siglo XXI y en un país que dice ser europeo, seguimos teniendo la terrible lacra de la tortura y muerte de seres vivos como son los toros, las vaquillas o los becerros.
Las fiestas siempre se tiñen de sangre de seres vivos, inocentes y ajenos a nuestros modos de vida.
Como muy bien explica Luis Gilpérez Fraile en su libro “La Vergüenza Nacional. La cara oculta del negocio taurino”, los taurófilos siempre argumentan que el toreo es cultura. Sin embargo, no se sabe a qué acepción de cultura se refieren. Si hablan de “el resultado o afecto de cultivar los conocimientos humanos”, dudo mucho que tenga algo que ver con la cultura.
Si se refieren “al conjunto de costumbres de una época o de un grupo social”, ciertamente lo sería, pero también, las luchas de gladiadores, las mutilaciones genitales o las lapidaciones.
Por lo tanto, no creo que se pueda relacionar el toreo con la cultura.
A los taurófilos también se les llena la boca diciendo que el toreo es tradición. Pues bien, aquí no hay nada que objetar porque tradición es sinónimo de costumbre.
Sin embargo, también fue tradición vendar los pies a las niñas chinas para que se les atrofiasen y no les creciesen. En algunos lugares de India se sigue practicando el ya prohibido Sati, que consiste en quemar vivas a las mujeres que quedan viudas, para que no sean una carga para las familias. En muchos lugares de África se sigue practicando la ablación, que consiste en mutilar el clítoris a las niñas. Y así, hablando de terribles tradiciones, podríamos llenar cientos de páginas.
Los defensores de la fiesta taurina se agarran a la tradición para conservarla a capa y espada.
Sin embargo, este tipo de costumbres deben pasar a la historia. De lo contrario, seguiríamos con la lucha de gladiadores o con la quema de brujas.
Otro de los argumentos de los defensores de la fiesta es que “si ésta desaparece, desaparece la especie del toro bravo”.
Esto es una verdadera barbaridad porque es como decir que si desaparece el pastor alemán implica la desaparición de los canis familiaris.
El toro de lidia no es más que una casta o subraza que ha sido creada de forma artificial. Y, para ello, los ganaderos han hecho desaparecer razas enteras con tal de conseguir el encaste que querían.
Además de otros subargumentos, como que los animales no tienen derechos o no sufren, también hablan del dinero que mueve el mundo taurino y la cantidad de familias que quedarían en paro. Pues bien, la esclavitud también era un entramado perfecto que reportaba pingües beneficios explotando, humillando, maltratando y matando a humanos.
Y también si se acabase con el mundo del narcotráfico, los traficantes se quedarían sin sus fuentes de ingresos.
El negocio taurino
Las fiestas taurinas nos cuestan 564 millones de euros al año. Ese dinero sale de los presupuestos públicos que las administraciones destinan a pagar corridas, encierros o escuelas taurinas. Y eso, sin contar las ayudas a los ganaderos de lidia que, además, son subvencionados con fondos europeos.
Si contabilizásemos el total, estaríamos hablando de mil millones de euros.
Esto supone que, a la baja, cada familia española estamos pagando 47 euros anuales a una fiesta que, según una encuesta de la consultora Gallup, no interesa nada al 72,1% de los españoles.
Es una vergüenza que empresarios taurinos, matatoros y todo el entramado del mundo taurino esté viviendo lujosamente a nuestra costa.
Porque si no recibiesen nuestro dinero, tendrían que cerrar el chiringüito, como así ya amenazaron con hacerlo durante la crisis de las vacas locas.
Los festejos taurinos nunca deberían estar pagados con fondos públicos. El que quiera ir a los toros, que se lo pague de su bolsillo.
Ese dinero bien podría ser utilizado para la construcción de hospitales, colegios o la contratación de más personal sanitario, de efectivos de seguridad del Estado o de un mayor número de parques de bomberos.
Luego, cuando alguien tiene una desgracia se queja de que lleva meses en lista de espera; de que a su hijo le dan cita para Pediatría pasado un mes, o que la casa se les ha quemado porque no han llegado a tiempo los bomberos.
También hay mucha gente que se queja de que sus hijos, aún pudiendo acceder a becas se les ha denegado por no quedar fondos.
Con lo que gastan nuestros pueblos en fiestas taurinas, bien se podrían dar gratis los libros escolares a todos los niños de sus respectivos municipios, o utilizar ese dinero para cualquier cosa que sea importante y beneficioso para su pueblo. O, incluso, regalárselo a los vecinos, porque es suyo, en vez de dárselo a esos individuos.
Pero si nadie se queja, aquí las cosas no cambian.
En el municipio madrileño de Colmenarejo llevan ya un millar de firmas recogidas para pedir un referéndum con el que poder decidir si el dinero que se va a festejos taurinos debe utilizarse a que los niños del municipio tengan libros de texto gratis.
En fin, que a mí se me ponen los pelos de punta con la muerte y el terrible sufrimiento de estos animales.
Porque, por desgracia, en nuestras fiestas, por la mañana se va a rezar y por la tarde, a matar.
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