Cuando los niños se acercan a los mágicos Reyes Magos ENERO 2008
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Rosa de las Nieves
Seguramente, la noche más mágica de todo el año para cualquier niño es la de los Reyes Magos.
La víspera de la llegada a los hogares, los niños viven con excitación el momento de poder verlos y esperan que les ofrezcan una sonrisa y un beso.
Eso es lo que les transmitimos los adultos: la magia de un sueño cumplido una vez al año.
Sus ropajes, sus colores, sus coronas, sus pajes y todo lo que rodea su llegada dejan en la retina de los pequeños unas magníficas sensaciones que recordarán toda su vida.
Sin embargo, no siempre las sensaciones que reciben son las esperadas.
Hay veces que, por desgracia, alguno de los Reyes Magos no está de muy buen humor cuando llega a uno de los pueblos. Quizás, el cansancio de estar toda la tarde recorriendo todos los rincones de nuestra geografía haga, al final, su mella.
Pero los niños no entienden de eso, al igual que no entienden de que sus padres estén cansados por la jornada laboral y no puedan jugar con ellos.
Nada es excusa si, al final, un niño se lleva sensaciones contrarias a las esperadas en la noche más mágica del año.
Se quedará decepcionado toda su vida y no podrá oír hablar más de ese rey, en particular.
Ser Rey Mago es también recibir a los niños con amor, dulzura y, sobre todo, con una gran sonrisa.
Y hay que hablarles con el lenguaje propio de su edad y no como el que se utilizaría en la calle para despedirse de un colega con el que luego se queda para tomar unas copas.
También hay que cogerles en brazos para que sientan aún más ese momento mágico y la cercanía de ese ser.
Y no es lo mismo un niño de doce años que de dos o tres, pues estos últimos sienten con verdadera pasión y emoción ese momento que, ya por la noche, incluso les impedirá conciliar el sueño.
Mi rey favorito siempre fue Baltasar. Ya de pequeña me parecía el más simpático de todos, el más accesible y el más locuaz.
Ahora, ya con muchos años más, sigo pensando igual. Allá por donde he ido he visto a Baltasar entregando siempre su gran sonrisa a los niños y su cercano amor.
Y creo, también por lo que he visto, que algún rey debería hacer un curso de reciclaje o dejar ocupar su sitio a otro.
Si no se hace así, y por mucho que los de nuestra generación apostemos por los Reyes Magos, Papá Noel seguirá ganando terreno.
Este ser, gordito, simpaticón y vestido de un rojo muy llamativo, se está llevando a los niños de calle.
Y es normal. En Talamanca, donde cada año vuelve a su hogar por Navidad, Papá Noel espera a todos y cada uno de los niños, que hasta su casa van, para ofrecerles su gran sonrisa, su clásico "¡Ho, ho, ho, ho!", unas mágicas palabras, un regalo, un abrazo y un beso que dejan al niño con una alegría tal, que su corazón habrá quedado conquistado de por vida.
Ese es el caso de mi hija. Y eso, a pesar de que Papá Noel no viene a casa a dejarla regalos. Y eso, a pesar de que los Reyes Magos vienen a casa a dejarla muchos regalos.
Y es que los niños, al igual que Peter Pan, viven en el País de Nunca Jamás. Lugar donde, al parecer, también debe vivir Papá Noel.
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