¿Quién no se ha dado cuenta de la eterna triste mirada que tienen los caballos? Quizás no sea sencillo percibirlo si no se tiene una gran sensibilidad y empatía. A mí siempre me ha parecido que su genética lleva una carga de reminiscencia de unos grandiosos tiempos que vivieron cuando campaban libremente por las praderas del planeta Tierra; al igual que hoy en día diríamos de los indios de Norteamérica. Cuando miro a los ojos de un caballo, pienso que siente recelo de esa proximidad humana porque no sabe qué es lo se que busca de él. Eso es lo que me transmiten: tristeza. Porque están explotados, encerrados y son montados con aparejos que torturan su cuerpo y su psique. Los hierros y utensilios que se utilizan para domarlos y montarlos son todo un mundo. Fusta, riendas, bocados o filetes, espuelas, silla bien agarrada con cinchas... ¿Imaginan cómo se sentiría un humano con unas riendas que moviesen al antojo de un jinete su cabeza. Y, para controlar más aún sus movimientos, le metiesen unos hierros bajo el frenillo de su lengua. Y, en el caso de seguir desmandándose, le pusiesen una serreta que le fuese partiendo la nariz? ¿Imaginan, añadido a esto, una carga sobre sus lomos a los que se les va fustigando y dando con unas espuelas? Y, además de eso, viviendo en un recinto y montados durante horas por jinetes expertos e inexpertos, sintiendo distintos tipos de tirones en su cabeza, dependiendo de quién les monte. Eso, sin olvidar a aquellos que son maltratados por no haber conseguido los objetivos marcados por un humano. Y los que son infraalimentados y se les puede ver cada uno de los huesos de sus costillas. Todos sabemos que, por desgracia, vivimos en una sociedad absolutamente productivista. Lo que no tiene un valor económico tiene un valor 0. Y los animales, desgraciadamente, forman parte de esa productividad. De hecho, cuando ya no sirven para el menester al que fueron destinados, se les suele mandar a un matadero para convertirlos en pienso. A mí me aterroriza este comportamiento humano, porque demuestra que somos la única especie que no sabemos convivir con el resto del mundo. Millones de especies que viven en este planeta de forma natural y sólo el humano elimina aquello que no le da dinero o le ocasiona pérdidas económicas o le da pingües beneficios. Así nos va, porque esto no sólo lo hacemos con los animales, sino con todo el planeta Tierra. Y alguno se preguntará porqué me da por hablar de los caballos. Pues porque, además de que ya dije que soy una gran defensora de los seres vivos, este mes publicamos el accidente vivido en un centro de hípica de Fuente el Saz. Dicho esto, tiro una lanza a favor de estos animales a los que se les debería dejar de explotar y maltratar. Porque nadie puede negar la triste mirada de los caballos.