A la familia de José Matías Gudiño ENERO 2009
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Rosa de las Nieves
Han sido cinco meses y medio de angustia. Durante ese tiempo, vi el tremendo cambio físico que sufrió José. Sin embargo, su ánimo no estaba muy afectado. Recuerdo que cuando fui a verle al hospital, aproximadamente quince días después de ser ingresado, casi no le reconocí. Estaba tan delgado y tan demacrado que no me parecía él. Su mujer, Rosa, siempre a su lado, con una sonrisa, animándole, cuidándole, queriéndole, llevando el timón de la familia, sacando fuerzas de flaqueza, pero sabiendo la cruda verdad y llorando. Su numerosa y gran familia, un total de ocho hermanos, también estuvieron día y noche con él. Y el enorme cariño se percibía. Las dos veces que le fui a ver al hospital me dijo lo mismo: que iba mejor y se iba a curar. También recuerdo el día del pregón, en las fiestas patronales de Valdetorres de Jarama. José pensaba que no iba a tener las suficientes fuerzas para leerlo en su totalidad. Pero no fue así. Lo consiguió y, por eso mismo, dio las gracias al Cielo. También aprovechó, en aquel momento, para pedir perdón a todo aquel al que hubiera podido hacer daño. Y su mujer, como siempre a su lado. La última vez que le vi fue el 8 de noviembre, en la feria del marisco de Valdetorres. Le fallaban las piernas, pero, aún así, me dijo que quería dirigirse a sus vecinos, a través de LA PLAZA, en una entrevista. Pero nunca ocurrió. Dos días después, iba de nuevo al hospital. Allí quedaba ingresado. Y así fue pasando el tiempo: entre hospital y hogar.
Saldrán adelante
Es terrible que ocurra esto, a una persona de tan sólo 44 años y que deja viuda a su mujer y huérfanas de padre a sus dos hijas pequeñas. Y siento una inmensa pena por ellas. Especialmente por Rosa, una mujer que está demostrando una fortaleza digna de admiración, aunque la hemos estado viendo entre lágrimas de pena y desconsuelo porque se queda sin un gran pilar de su vida. Se queda sin su marido, sin el padre de sus hijas y sin su mejor amigo. Pero como me dijo en el tanatorio: “¡Saldremos adelante!”. De eso estoy convencida y, desde estas líneas, les deseo toda la fuerza del mundo para que lo consigan. Y seguro que José, creyente él, ya está en el Cielo, descansando de sus dolores y sufrimiento. Pero también creo que se quedará con su familia para, durante un largo tiempo, cuidar, desde el otro lado, de su mujer y sus hijas. Y así, las protegerá. Desde aquí, envío un enorme beso y abrazo a toda su familia, a su madre, Guillerma, a sus hermanos y hermanas y, especialmente, a sus hijas y a su gran esposa, Rosa.
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